La meta del Gran Camino y del Camino del Diamante: La Iluminación

El que desee ayudar a los demás no debe detenerse en la liberación. Ahora resulta atractiva la delicia de la Iluminación y empieza el Gran Camino. Cuando en todas las situaciones de la vida uno reconoce la aspiración a la felicidad de todos los seres, y al mismo tiempo ve cómo ellos constantemente se hacen daño a sí mismos a causa de sus emociones perturbadoras y falsos conceptos, simplemente ¡Tiene que ayudarlos!

La certeza que ya se alcanzó, que la mente no puede ser dañada, es una base importante para el completo desarrollo de sus posibilidades. Su intrépida omnisciencia, su gozo espontáneo y su amor activo y previsor deben expresarse ahora completamente. Ellos constituyen su verdadera esencia y aparecen por sí mismos cuando se aparta el segundo velo, el de los Conceptos Rígidos. El estado alcanzado de esta forma se llama Iluminación.

Este es el otro, el Gran Nirvana, la Iluminación definitiva. Aquí se percibe todo lo que sucede como placer y riqueza. Si no sucede nada, la mente reconoce este estado como su espacio de posibilidades. Si ocurre algo, difícil o agradable, esto es su libre juego. El que ambas cosas puedan ser, tanto el experimentador como lo experimentado, es su ausencia de limitación. El que pueda suceder algo o no suceder apunta directamente a la esencia de la mente.

Aunque se requiere un infatigable trabajo con la mente antes de que uno perciba siempre (también en la vida diaria) el espacio radiante que ve por de los ojos de los seres y oye por sus oídos, no hay otro camino tan provechoso hacia la más grande y continua felicidad. Todo, tanto lo externo como lo interno, surge entonces en su espacio, juega en él, es reconocido mediante su claridad, y se disuelve de nuevo en su ausencia de límites.

Los maestros preguntan a sus estudiantes, en forma intencional, si las experiencias internas y los mundos externos son lo mismo que la mente o si son diferentes de ella. La respuesta es: tanto lo uno como lo otro. Las impresiones aparecen y se desarrollan en la mente, son experimentadas a través de ella, y se disuelven de nuevo en ella. No obstante, se comportan en forma diferente y también se experimentan como diferentes. Son como las olas en el océano. ¿Son las olas el océano o son diferentes de él?

Para quien reconoce esto, la experiencia estará menos restringida por conceptos y permanecerá simplemente en lo que es. Uno no se perturba entonces por pensamientos y sentimientos que surgen, ni se vuelve indolente o confuso cuando no ocurre nada. La conciencia del aquí y el ahora limpia el espejo de la mente, saca a la luz su poder radiante, sus capacidades ilimitadas.

La liberación de la mente de sus velos de ignorancia conduce inevitablemente a la valentía, el regocijo y el amor activo. Cuando se ha visto en profundidad que uno no es ni el cuerpo que morirá ni los sentimientos que cambian constantemente, sino la mente misma, intemporal e indestructible, de inmediato se quedan los miedos sin raíces. La mente es como el espacio, es abierta y lo contiene todo. ¿Qué podría dañarla? ¿Quién podría afligirla?

Desde este plano de la carencia de miedo, en adelante todo se vuelve una expresión de la riqueza sinfín del espacio. Ya sea que se nazca o se muera, todo muestra su multiplicidad y poder. Finalmente, la experiencia de la no limitación de la mente conduce al amor inteligente. A partir de una comprensión madura, uno actúa en beneficio a largo plazo de los seres, sin turbarse por las soluciones aparentes del espíritu de los tiempos.

El mensaje en este nivel es claro: nadie debe restringirse mediante una auto condena. La mente no se deja ni mejorar ni empeorar con nada, y toda clase de pensamientos y emociones manifiestan simplemente su variedad de expresión y su poder. Lo importante es: dónde aparecen, qué los percibe y dónde transcurren. Se trata del mar debajo de las olas, del espejo en el que aparecen las imágenes, la conciencia que en sí permanece pura, sin importar lo que surja en ella. Los pensamientos materialistas no son ninguna señal de que la meditación no sirva para nada. Uno simplemente los considera en forma práctica. Los pensamientos nihilistas tampoco significan que uno sea la reencarnación de Nietzsche. Uno sencillamente constata que tales pensamientos son posibles. Las experiencias existencialistas no comprueban nada, y los estados idealistas deben ser disfrutados sin apego. Lo que siempre emerge en la mente confirma únicamente su riqueza, sus posibilidades y su poder. ¡La verdad suprema es siempre el más profundo gozo y el nivel del servicio! Pero uno debe dejarse asombrar agradablemente por el hecho de que sólo más allá de la esperanza y el temor aparece la conciencia iluminada y luego todo sucede espontáneamente.

Fragmentos de Las Cosas como son, Lama Ole Nydahl