Iluminación

Después de seis años de aprendizaje y meditación en las llanuras del norte de la India, que en ese entonces eran boscosas y agradables, maduraron las promesas que había formulado el joven príncipe en incontables vidas. Finalmente deseó reconocer la esencia de la mente para beneficio de todos. Para tal fin eligió un lugar que hoy se llama Bodhgaya, y es una animada aldea llena de templos asiáticos, turistas occidentales, estudiantes budistas y mendigos indios, aunque posee todavía un fuerte campo de poder. La región alrededor de la aldea se ha vuelto desde entonces muy peligrosa. Sólo se pueden visitar los sitios sagrados en el día y en grupos grandes, pues es común que las personas sean asesinadas a causa de sus posesiones. Bodhgaya queda a dos tercios del tramo sureste entre Nueva Delhi y Calcuta, en el hoy superpoblado y desesperanzado estado de Bihar.

Cuando el Buda llegó allí, se sentó bajo un frondoso árbol con la fuerte decisión de permanecer absorto hasta alcanzar la meta y estar en capacidad de beneficiar a todos los seres. Después de seis días y seis noches ricos en experiencias sublimes, en la séptima mañana obtuvo la iluminación. Esa mañana de la luna llena de mayo, hace cerca de 2425 años, fue su cumpleaños número 35 y, 45 años más tarde, fue también el día de su muerte. En un instante se desvanecieron los últimos velos de los conceptos fijos en su mente y hubo sólo un omnímodo aquí y ahora. Toda separación en tiempo y espacio experimentada hasta ese momento desapareció, y pasado, presente y futuro se fundieron en un estado radiante de deleite que todo lo contenía. Así se convirtió en conciencia radiante. Con cada célula lo conocía todo, y era todo.

Durante las primeras siete semanas después de su realización permaneció el Buda sentado bajo el árbol. Seguramente para que su cuerpo se acostumbrara a las inmensas corrientes de energía de la iluminación. En este tiempo lo visitaron, sobre todo, muchos dioses que obtuvieron su bendición y tomaron refugio en él. Como también les sucedió más tarde a los seres humanos más talentosos, ellos no lo percibieron como un hombre, sino como un espejo de su propia naturaleza búdica. Gracias a su ejemplo pudieron ellos dirigir sus valores hacia lo que realmente es confiable.

Fragmentos de Las Cosas como son, Lama Ole Nydahl