Decepción y búsqueda de sentido

Durante años se mantuvo todo lo perturbador alejado del joven príncipe Siddharta Gautama, hasta que a los 29 años éste abandonó por primera vez el palacio. Por lo tanto, él se encontró muy tarde con los inconvenientes de la vida, aunque lo hizo en toda su extensión. En tres días consecutivos vio a un enfermo sufriendo fuertes dolores, luego un viejo completamente decrépito, y finalmente, un muerto.

La comprensión de que estos sufrimientos forman parte de la vida de los seres le quitó la tranquilidad. Cuando regresó a su palacio, le esperaba una mala noche: también se dio cuenta de que no podía encontrar nada que pudiera ofrecer a sus seres cercanos como refugio. No hallaba nada que fuera realmente confiable. Gloria, estirpe, amigos y posesiones, todo eso pasaría. Tanto afuera como adentro, sólo había transitoriedad. Nada tenía una existencia real y verdadera.

A la mañana siguiente, el príncipe pasó junto a un hombre que estaba sentado en profunda absorción. Cuando sus ojos se encontraron, sintió el futuro Buda como una descarga. De inmediato supo que estaba tras la huella de lo que buscaba. Este hombre le reflejaba algo intemporal. A través de él se acercó al reluciente espejo detrás de las imágenes, al océano debajo de las olas. Tenía que haber un experimentador que percibiera las cosas. Solo la mente podía estar en capacidad de abarcar los pensamientos y sentimientos, así como las situaciones y los mundos. El futuro Buda comprendió de repente que tenía que haber algo entre y detrás de las apariencias y las impresiones.

Ahora tenía una pista, y presentía que sólo se puede confiar en el experimentador, pero no en lo experimentado. En lo constante, no en lo cambiante que se experimenta; en el espejo, pero no en las imágenes reflejadas en él. Ver al meditador le permitió comprender que la mente que percibe es indestructible, que todo lo posibilita y lo sabe, que su claridad radiante que juega libremente permite que todo suceda, y que el amor ilimitado lo mantiene unido todo. Entonces, ¡eso era! En un instante el príncipe entendió que la verdad no condicionada, que había buscado, no es otra que la propia mente. Pero, por supuesto, el solo conocimiento sobre el experimentador no es suficiente. El Buda conocía ahora la meta, pero todavía tenía que encontrar el camino hacia ella.

En su tiempo no había ningún “atajo” espiritual que incluyera todas las circunstancias de la vida (amar, dormir, aprender, viajar, etc.) en el camino. Sólo después de su iluminación pudo el Buda regalar al mundo estos eficaces métodos. Estas enseñanzas, que sirven hoy en todas las situaciones de la vida como espejo para la mente, se llaman el Gran Sello (en sánscrito: Mahamudra) y son el corazón del Camino del Diamante. Como entonces (igual que hoy) no era posible continuar teniendo una vida relajada y al mismo tiempo montar el tigre de la experiencia directa hasta lograr la sabiduría, el príncipe no tenía opción. Se vio obligado a transitar el largo camino de la renuncia. En ese momento tenía sentido limitar las impresiones que llegaban a su mente: terminó abruptamente su rica vida y huyó en la noche del palacio a los bosques y colinas del norte de la India. Ahora tenía una gran meta: reconocer la intemporal esencia de la mente.

Puesto que el futuro Buda deseaba por sobre todas las cosas el perfecto conocimiento de la mente para el bien de todos, no se sintió demasiado refinado para ninguna práctica, y aprendió en todas partes, sin ningún orgullo. Los seis años siguientes fueron duros, pero le confirieron madurez. Por ejemplo, incurrió una vez en la idea exagerada de que el cuerpo es malo. Ayunó entonces por tan largo tiempo, que era ya casi sólo un esqueleto. El debilitamiento de las impresiones sensoriales debió fortalecer la claridad de su mente, pero descubrió, en cambio, que a partir de una situación de debilidad no se puede ser útil para los demás. Empezó entonces a comer de nuevo, y su cuerpo recuperó el vigor anterior.

Ya en esa época, como también durante el casi contemporáneo florecimiento espiritual de Grecia, existían en el norte de la India todas las corrientes de pensamiento conocidas. Siddharta no sólo aprendió con los maestros más eminentes, sino que además los sobrepasó muy rápido. Pero las explicaciones duales disponibles no lo llevaron a la meta. En ninguno de los círculos culturales se imaginaban, ni siquiera los maestros más talentosos, las causas demostrables para el mundo y sus acontecimientos. Sólo el Buda y su contemporáneo Heráclito, en Europa, se acercaron a palpar la única visión convincente de que el espacio, gozoso en sí mismo, juega, y que todas las posibilidades le son inherentes. Cuando tuvo la claridad de que los maestros no sabían de la intemporal esencia del experimentador, y que tampoco podían señalar nada estable y digno de confianza, les agradeció y continuó su camino siguiendo a los famosos ermitaños del bosque.

Fragmentos de Las Cosas como son, Lama Ole Nydahl