Compasión y Sabiduría

Ocho años después de su primera enseñanza en Sarnath, vinieron a ver al Buda en la montaña de Geier, cerca de Rajgir, otras personas completamente diferentes. Esta es una cumbre no lejos de Bodhgaya, que hoy se debe visitar en grupo. Incluso Lamas tibetanos pobres han sido asaltados allí. Los estudiantes que llegaron entonces al Buda tenían un excedente para entregar a los demás y la disposición para un enfoque amplio y más allá de lo personal. Debido a sus condiciones internas, fue posible hacerles comprender cómo puede fortalecerse la compasión, hasta que uno esté en capacidad de ponerse en el lugar del otro. Al mismo tiempo les dio las enseñanzas para el desarrollo de su sabiduría inherente. De este modo, ellos aprendieron a ver lo que realmente está ahí, sin quedarse atados a esperanzas o temores.

Quien está atento a causa y efecto, y entiende la irrealidad del propio “yo”, puede alcanzar la liberación, tal como se describe en el Camino Angosto. Pero para la meta infinitamente más grande de la iluminación, donde también se deben comprender las condiciones cambiantes del mundo externo,  la compasión que todo lo abarca y que no discrimina es un prerequisito absolutamente necesario. Por lo tanto, tal actitud se desarrolla y fortalece continuamente en el Gran Camino. Este tipo de amor es siempre liberador y generoso en expresión, y no deja espacio para expectativas o rigidez en ninguna situación. A partir de él se desarrolla, como constante compañera en el camino hasta la realización suprema, la mente iluminada: una y otra vez, uno decide llegar lo suficientemente lejos para estar en capacidad de ayudar a otros en la forma correcta. De ahí que toda meditación del Gran Camino empiece siempre con este enfoque y termine con el deseo de que la felicidad construida pueda beneficiar a todos los seres. En el campo del amor, el Buda describe cuatro clases y destaca tres orientaciones de la compasión. 

De los cuatro sentimientos amorosos, el primero es el más conocido, el cantado universalmente. Resulta muy atractivo. Las dos personas utilizan el cuerpo, el habla y la mente para regalarse uno a otro todas las alegrías posibles. Se desarrollan cualidades nuevas y también gana el entorno. El deseo de ver a todos los seres felices es la característica aquí.

La segunda clase de amor es la compasión. Uno tiene de sobra para los demás. Se regala algo significativo, pero no se tiene ninguna expectativa. Otras personas aprenden de este ejemplo y entonces muchos encuentran su propia fuerza para ser generosos. Uno desea fervientemente alejar el sufrimiento de los demás.

La tercera clase de sentimiento amoroso se llama alegría compartida. Uno simplemente se alegra cuando a otros les ocurre algo bueno. Por ejemplo, que baje la natalidad en un país ecuatorial superpoblado. Uno piensa: “Entonces vale la pena la ayuda, porque nuevas bocas no se lo comerán todo de inmediato”. Simplemente se alegra sin necesidad de tener un beneficio propio en el suceso. El ejemplo más impresionante de nuestro tiempo es, con seguridad, la caída del muro de Berlín en 1989. Todos se sintieron llenos de esa alegría compartida cuando finalmente vieron a tanta gente felicísima llegar a la libertad en Berlín Occidental. Uno desea, además, que los seres avancen desde la felicidad pasajera a la definitiva. Un regalo de la alegría compartida es que las buenas impresiones de las que uno se alegra en los demás también se acumulan en la propia mente.

La corona del amor es la ecuanimidad. Uno entiende que los seres humanos, a pesar de que puedan ejecutar actos inconcebibles y que producen mucho sufrimiento, poseen fundamentalmente una naturaleza búdica. En razón de su esencia, nada puede destruirla o dañarla.

Con referencia a la compasión, se diferencian tres distintos puntos de partida desde donde puede desarrollarse: la actitud de un rey, que antes de dar se hace grande a sí mismo, pues piensa: “Si yo soy fuerte, puedo ser útil para todos”; la compasión de un barquero, que los lleva a todos consigo: “Vamos todos juntos a la otra orilla”; y la de un pastor que piensa primero en los demás: “¿A quién más puedo ayudar?”. Uno debe comportarse aquí de acuerdo con su carácter. Sin embargo, puesto que el truco verdadero para liberar la mente es olvidarse del “yo” ilusorio; el pastor llega primero a la meta y el camino es más agradable: el que piensa en sí mismo tiene dificultades, pero el que piensa en otros ¡Tiene tareas!; el barquero comparte más cercanía con los demás; y el rey, mediante su influencia, puede alcanzar cosas más significativas y ser reconocido por sus hechos.

Aunque la compasión aparece a partir de cierto nivel de desarrollo, vale la pena despertarla conscientemente. Lo más fácil es despertar buenos sentimientos hacia aquellos que ya corresponden a las propias expectativas, pues simplemente nos agradan. Este primer plano ha sido desarrollado con seguridad por muchos, pues es muy cercano a nuestro sentido del orden.

Un desafío mayor es el desear cosas buenas para los demás, cuando éstos repetidamente comenten errores o son difíciles. Aquí se trata de entender que la causa de su comportamiento no es la maldad sino la ignorancia. Finalmente, deseamos la felicidad para todos los seres, pero uno no sabe qué conduce a la felicidad, y por eso se comporta en forma equivocada, proporcionando en cambio sufrimiento. Por desgracia la mayoría recoge con más frecuencia las ortigas que las flores. El Buda enseñó para cambiar eso.

El último paso está más allá de las restricciones personales. La compasión irradia aquí como el sol, incansable y para todos. En este nivel uno hace, sin perturbarse, lo que tiene frente a la nariz y las personas reciben todo lo bueno que les posibilita su karma y su talento. Esta compasión que no hace distinciones es ilimitada y perfecta. Expresa la interdependencia de todos los fenómenos y el amor del Buda por todos los seres.

Los dos primeros pasos de la compasión son condicionados y comparables con hermosas imágenes en el espejo de la mente. El tercero, sin embargo, es fundamental y está más allá de los conceptos. Es el esplendor de su misma amplitud radiante. Al principio no se puede retener la experiencia del amor supremo, pero una vez que se reconoce como verdadero, su resplandor no cesa de incrementarse.

Sin embargo, uno no llega a la meta sólo con compasión; se necesita también comprender lo que sucede. La compasión sola conduce a dogmas y sentimentalismo, mientras que la sabiduría que se desarrolla por separado lo vuelve a uno frío, calculador y sabelotodo. Igual que se necesitan las manos y ojos para hacer algo en el mundo, en el Gran Camino tienen que complementarse la compasión y la sabiduría.

Hay dos clases de sabiduría: una, la mundana, que se relaciona con todo lo condicionado que ocurre en la mente; la otra, la liberadora, que apunta a la mente misma.

La primera se enseña en las escuelas y universidades, y permite ganar más dinero en menos tiempo, ejecutar trabajos más emocionantes y morir con más deudas que las personas con menos educación. La sabiduría mundana se limita a lo pasajero y sus ventajas se pierden de nuevo con la muerte. Además, el conocimiento ganado solamente en el plano intelectual durante la vida no logra la verdadera felicidad, y las riquezas que se obtienen mediante el trabajo sólo valen la pena por poco tiempo. “La última camisa no tiene bolsillos”, como dice con todo acierto un refrán danés. Sin embargo, entrenar la mente es también significativo para vidas futuras. Uno será atraído por padres talentosos al momento de la concepción y mediante sus características genéticas hereditarias junto con una buena educación, uno tendrá una buena oportunidad para disfrutar de una vida plena y rica, incluso quizás, para el beneficio de muchos.

La sabiduría liberadora e iluminadora de la mente, en cambio, no es otra cosa que el más alto gozo. ¡Nunca se puede perder! Como la naturaleza de la mente es abierta, clara e ilimitada, puesto que nunca nació y tampoco puede morir, sus cualidades inherentes son también intemporales y no condicionadas. De vida en vida permanecen claros algunos sitios que se limpiaron alguna vez en el espejo de la mente y, de esta forma, las cualidades más allá de lo personal que se adquirieron permanecen a nuestro lado en forma duradera.

Pero ¿Cómo puede conocerse la mente a sí misma? ¿Suministrándole todavía más ideas y conceptos? No, por el contrario, el camino hacia la iluminación está más allá de los pensamientos. Ni siquiera monjes budistas eruditos del Tíbet, que conducen con frecuencia debates filosóficos de días y días sobre sus textos, pueden añadirle algo a la verdadera naturaleza de la mente. La esencia intemporal de la mente, su conciencia, surge siendo eso que está entre los pensamientos, detrás de los pensamientos y que conoce los pensamientos. Cuando el experimentador reposa conscientemente en el espacio de la conciencia, reconociendo todo lo externo e interno como su juego libre, esa es la verdad última. 

La comprensión por experiencia de que no hay un ego, es lo primero que surge de un estado de conciencia radiante que no es perturbado por ningún evento. Luego, cuando le sigue la sabiduría iluminada de la no-realidad de todo lo externo, la mente corta con toda dualidad. El mundo se reconoce como lo que realmente es: vacío de una naturaleza propia y, al mismo tiempo, aparece como un fluir de cambio constante e infinito de causas y efectos.

Desde la comprensión creciente de que el sujeto, el objeto y la acción son aspectos de la misma totalidad y se condicionan mutuamente, todo produce crecimiento y es significativo. En cambio, los no iluminados, aquellos que no ven las posibilidades de la mente, se engañan sobre la experiencia de la perfección. Esto sucede debido a la ignorancia, que según como se clasifique consta de cuarto o dos velos. Ambas divisiones corresponden a la segunda de las Cuatro Nobles Verdades del Buda: Causa y Efecto.

En el primer caso, uno hace la diferencia entre el error fundamental de una visión dualista, las emociones perturbadoras que se desarrollan a partir de ésta, las acciones y palabras que le siguen a estas emociones y, finalmente, los hábitos miopes que surgen de las anteriores y que enredan a los seres en nuevos sufrimientos.

Según el otro modo de ver las cosas, el primer velo es el apego a los estados mentales que cambian constantemente. Quien oscile entre la alegría y el sufrimiento condicionados, entre el gusto y el disgusto, comprenderá muy poco sobre la profundidad que yace detrás de todo y que todo lo libera. El segundo obstáculo son los conceptos rígidos, la limitación del darse cuenta mediante ideas y visiones del mundo. Las palabras y los conceptos sólo son sombras de la experiencia, no la experiencia misma. En forma similar a un niño que mira fascinado el dedo que le señala la luna, sin ver la luna, se aferran los seres a las ideas y conceptos, a menudo sin haber experimentado aquello que designan.

Sin importar cuál de estos modos de pensar elija uno para su comprensión (mientras el camino y la meta sean claros y experimentables, el delicioso pastel de las enseñanzas del Buda se puede cortar según el gusto), cuando todo lo restrictivo se ha alejado, la mente reconoce su propia naturaleza. Sin embargo, mientras la mente sea incapaz de percibirse como el contenedor de todas las cosas y que todo lo penetra, permanecerá un sentimiento de separación, de donde resultan las emociones perturbadoras. Por el contrario, el comprender y abandonar la ilusión de un “yo” equivale a la liberación. El conocimiento de que no hay un verdadero “yo” por el que deba uno preocuparse aleja de inmediato el sufrimiento propio, y el potencial del espacio mismo se vuelve entonces en un amigo emocionante.

Fragmentos de Las Cosas como son, Lama Ole Nydahl