Los métodos en el Camino del Diamante

¿Quién recibió entonces el tercer nivel de las enseñanzas? Cuando los discípulos del Buda tuvieron la apertura requerida para no verlo ni como un dios ni como un ser humano, contaron ya con la base necesaria. Cuando su devoción les permitió experimentarlo como completamente cercano y conocido, inclusive como espejo de sus propias mentes y confiaron en él, entonces les enseñó el Camino del Diamante y el Gran Sello. Les transmitió primero la visión que trasciende la dualidad del condicionamiento mutuo y la vacuidad de todas las cosas, y despertó las cualidades iluminadas inherentes en ellos. Después, el Buda utilizó innumerables métodos significativos para seguir desarrollando a sus discípulos. Éstos son hasta hoy la corriente continua de una transmisión viva que se ha mantenido de maestro a discípulo.

Todos los caminos son precedidos por una preparación fundamental de la mente. La actitud de querer desarrollarse para el bien de todos los seres está presente de principio a fin en cada práctica. En primer lugar, uno se orienta con intensidad hacia el Refugio, que es la entrada y la meta de todas las prácticas en el Budismo. Mediante la meditación, la mente se libera entonces de impresiones obstructoras y se llena completamente de significado. Además, se fortalece la unión con el maestro como modelo. Todo esto conduce a que uno pueda recorrer los caminos siguientes de la manera más fácil y eficaz posible. Los cuatro ejercicios preliminares, las Prácticas Fundamentales, se llaman Ngondro en tibetano. Las distintas partes de esas meditaciones se repiten 111.111 veces, abarcan el cuerpo, el habla y la mente y son muy poderosas.

En el Camino del Diamante, el nivel último de las enseñanzas, después de terminar las Prácticas Fundamentales, hay tres senderos posibles de meditación para reconocer la naturaleza de la mente: el Camino de la Confianza o “Camino de la Unificación1′ que trabaja con la devoción; el Camino de los Medios que utiliza múltiples métodos organizados uno tras otro; y el Camino de la Sabiduría que usa ante todo el apaciguar la mente y su habilidad de ver con claridad. La mente puede reconocerse entonces, ya sea mediante la confianza en la iluminación; a través de su poder; o por medio de la atención.

En el Camino de la Confianza, las superficies de contacto más amplias con la iluminación se alcanzan mediante la meditación en el propio Lama como representante de los Budas. Se utilizan sobre todo en el linaje Kagyu, una de las cuatro grandes escuelas del Tíbet, y se llaman Lami Nalyor en tibetano y Guru Yoga en sánscrito. Los Ñingmapas, la más vieja de las escuelas del Tíbet, meditan de igual forma en Gurú Rinpoche, su fundador. Este camino contiene también a los otros caminos (de los Medios y de la Sabiduría). Las meditaciones en el maestro estaban menos difundidas en el Tíbet que las meditaciones en formas de energía y luz. Pero quien mantenga y pueda utilizar la visión pura no encuentra un ingreso más rápido a la Iluminación. En tanto uno use intensamente las circunstancias de la vida diaria para reconocer la perfección en el aquí y el ahora, la meditación en el maestro despierta las cualidades suprapersonales del estudiante. Mientras exista una razón para la devoción y la apertura, es posible la práctica en el maestro. Uno necesita una confianza profunda en la propia naturaleza búdica y en que sólo se tienen que remover los velos que ocultan al experimentador.

En el Camino de los Medios, el Buda transformó su cuerpo en formas de luz y energía, en tibetano: Yidam. De esta forma regaló a sus discípulos el acceso a experiencias retroalimentadoras iluminadas sobre varias formas búdicas: masculinas, femeninas, pacíficas, protectoras, solas o en unión. Cada uno, según su deseo y sus habilidades pudo meditar entonces en esas formas de luz, cuyas posiciones corporales, características y colores influyeron más allá de lo personal sobre su sentido de la totalidad. Las vibraciones pertenecientes a los aspectos búdicos, en sánscrito: Mantra, abrieron los canales de energía de sus estudiantes e hicieron al mismo tiempo que su habla fuera compasiva y sabia.

La unificación con tales formas de luz posibilita un trabajo posterior con la respiración profunda y prácticas de unión, muy efectivas pero difíciles. Las condiciones externas para este camino no son fáciles de cumplir para nosotros, pues muchos de los ejercicios sólo pueden ser ejecutados en retiros de meses o años, con o sin pareja.

En Occidente, hoy son conocidas sólo partes individuales de ese camino. Las representaciones de aspectos búdicos con muchos brazos y piernas se encuentran en museos y tiendas asiáticas, los mantras se vinculan mentalmente con el Tíbet, como el ahora mundialmente utilizado OM MANI PEME HUNG de Ojos Amorosos, en tibetano: Chenrezi, en sánscrito: Avalokiteshvara.

Muchos simplemente lo usan porque se siente bien, pero el conocer su significado fortalece la influencia sobre el cuerpo, el habla y la mente. La vibración de la sílaba OM aleja el orgullo, MA los celos y la envidia, NI el apego, PE corta la ignorancia, ME disuelve la avaricia, y el HUNG, que hace vibrar la caja torácica, transforma la ira. Seguramente las enseñanzas budistas son todavía extrañas para muchas personas con visión occidental. Se necesita un buen maestro para entender la acción psicológica de este camino y para aplicar correctamente los métodos en beneficio de los seres, pues en caso contrario todo se queda en la superficie y en el aspecto puramente cultural.

En el Camino de la Visión Penetrante, el Buda también posibilitó a sus estudiantes este mismo nivel de conocimiento mediante un camino, más fácil pero un poco más largo. Puesto que éste no exige ni largos retiros ni duros ejercicios físicos como en el mencionado Camino de los Medios, es más fácil de aplicar en el mundo moderno. Después de que la mente se ha tranquilizado mediante el permanecer en la respiración, en un objeto externo o en una forma búdica, surgen espontáneamente su poder inspirador y su sabiduría, como un espejo limpio que refleja claramente los objetos.

El punto culminante natural de la disolución con el maestro en el Camino de la Confianza; de la alegría-espacio del Camino de los Medios; y del espacio-sabiduría del Camino del Conocimiento Penetrante, es la visión del Gran Sello. En este nivel supremo compartió el Buda su iluminación en forma tan simple y directa, que no dejó ningún lugar a dudas, y que sólo algunos pocos pudieron olvidar. Mediante la convivencia diaria o las enseñanzas orientadas permitió a sus discípulos tomar parte en la libertad ilimitada, donde el que ve, lo visto y el ver son inseparables. Esta experiencia ha transformado hasta hoy a todos los que la han experimentado. Mediante ésta los sucesos espirituales se vuelven más relajados y exentos de esfuerzo, va creciendo un gozo intemporal, y uno se siente en cualquier sitio como en casa. Ya desde un primer encuentro con la verdad intemporal está uno en el camino. Después de que ocurre, el poder auto liberador de la mente continúa trabajando en forma subliminal, aleja todo obstáculo, y el tiempo para que caiga el último velo de la mente es sólo cuestión de aplicación y disposición a la alegría.

A lo largo de los años muchos de mis hábiles estudiantes se han convertido ya en profesores de tibetano y budismo en diferentes universidades. Pero, lo mejor, es que este conocimiento está acoplado con meditaciones que afectan a las personas en su totalidad. En contraposición a un acceso meramente intelectual, ellos les posibilitan vivir mejor, morir mejor y renacer mejor. Aquí está en primer lugar la alegre y autoliberadora visión del Gran Sello. También el valioso Phowa, una meditación que nos prepara para el momento de la muerte, es un ejemplo único para el uso práctico de los métodos en el Budismo Tibetano. Mediante esta práctica, uno puede alcanzar la liberación en el momento de la muerte. En un curso de cinco días, uno experimenta en un campo protegido los primeros pasos de la propia muerte y pierde con esto el miedo a morir. El Phowa es una parte del Camino de los Medios. Mis maestros me permitieron transmitir a mis estudiantes esta meditación cuando lo solicitaran, incluso sin que ellos tuvieran que cumplir con los requisitos acostumbrados. Puesto que no tienen que haber terminado antes las Prácticas Fundamentales que pueden durar años, he podido transmitir el Phowa a más de 50.000 occidentales desde 1987. Como toda persona tiene que morir y uno nunca sabe cuándo, ésta fue en realidad una decisión muy inteligente. Los tibetanos se asombran del poder y la velocidad de nuestros resultados. Y muchos que pensaban que uno tenía que vivir en países lejanos o en circunstancias inusuales para tener las ventajas del Camino del Diamante cambiaron de opinión.

Los centros budistas del Camino del Diamante del linaje Karma Kagyu, sitios en los que los budistas aprenden y se encuentran regularmente para meditaciones en grupo, y que permanecen abiertos para todos los interesados, desarrollan desde los años 70 un acceso occidental a las enseñanzas supremas del Buda. El conocimiento de la tradición Karma Kagyu, una de las escuelas más viejas del Budismo Tibetano, se transmite en nuestras lenguas en un estilo abierto, correspondiente a nuestra cultura. Nosotros experimentamos hoy el mismo proceso que los tibetanos hace mil años, cuando ellos tradujeron todo del sánscrito al tibetano. Uno puede comparar las enseñanzas del Buda con un cristal, que siempre toma el color del fondo sobre el que está, sin cambiar su esencia. La formación occidental crítica resulta, para alegría creciente nuestra, un fundamento de primera clase para el Camino Budista, y así las más altas enseñanzas del Buda están llegando ahora a manos de personas independientes e idealistas alrededor del mundo. Cuando experimentan la riqueza inherente de sus mentes, sin ser ahogados por el celibato, los rituales rígidos y las jerarquías, muchos de ellos pueden disfrutar inmediatamente de los métodos para su desarrollo. Quien enseña el Budismo del Camino del Diamante es responsable de que nuestra transmisión sea práctica, que no se vuelva una iglesia y que en todo momento pueda atraer también a la gente más despierta. Por lo tanto, todos los que enseñan deben cuestionarse constantemente el ejemplo que dan, conocer la visión más alta y vivir y crecer visiblemente según sus propias experiencias. De lo contrario, no habría ninguna certeza de que se está transmitiendo algo productivo y de que no se está trayendo al mundo una nueva carga de “opio para el pueblo”. Con esa actitud, ser budista significa disfrutar la intrepidez, la alegría espontánea y el amor activo del espacio. No hay un mejor agradecimiento hacia el Buda ni ningún beneficio mayor para los demás que dar con alegría lo mejor de uno.

Fragmentos de Las Cosas como son, Lama Ole Nydahl